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Bell Ville y una industria que busca renacer

La batalla de la pelotas

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Estos son días de puro fútbol mundial, pero en Córdoba se palpita el resultado de otro partido. Allí, donde se inventó la pelota moderna, y donde la importación salvaje arrasó con la industria, esperan reubicarse en un mercado que les mostró tarjeta roja sin dejarlos siquiera competir.

Juan Carlos Bertero cose pelotas de fútbol desde que tiene uso de razón. Dice que no sabe hacer otra cosa más que ir y venir con el hilo por esa geografía de gajos de cuero o material sintético que una pinza de algarrobo atenaza entre sus piernas. Tiene 56 años y la vista deshecha de tanto enhebrar la aguja para coser tres pelotas por día a un 1,50 peso cada una.

Bertero es tan bellvillense como Romano Luis Polo, Antonio Olivo Tossolini y Juan Balvonesi, los inventores -en 1931- de la pelota de cuero sin tiento, de costura invisible, quienes se transformaron así en generadores de una industria que llegó a emplear miles de costureros y a producir un millón de pelotas por año en 24 fábricas repartidas por toda la provincia de Córdoba. Pero desde que Martínez de Hoz abrió la importación y Cavallo decretó la convertibilidad, quedaron desocupados 4 mil costureros domiciliarios y la producción se desinfló a 300.000 pelotas por año manufacturadas por sólo 15 fábricas que operan a un 25% de su capacidad. 
Bell Ville tiene 33.000 habitantes y uno de sus próceres, con un busto y todo cerca de la terminal de ómnibus, es "El Matador" Mario Alberto Kempes. La ciudad fue la segunda de Córdoba que tuvo luz eléctrica, y hasta tranvías tirados por mulas circulando por sus calles. Aún hoy alberga la escuela de agricultura más importante del país. Los infinitos campos de soja y maíz, a lo largo de la ruta 9, dan testimonio y color a un camino sembrado de historias. Y de una industria, redonda y de cuero, para la que nada es fácil. 
No es fácil, por ejemplo, coser una pelota de fútbol. La hechura es totalmente artesanal. En Bell Ville dicen que, con las pelotas que se empezaron a coser a máquina para reemplazar la mano del hombre muchas veces, más que al fútbol, podía jugarse a los dados. 
En la fábrica se corta el cuero o material sintético y se lo forra por dentro con tela para evitar que ceda o se estire. Luego es el costurero quien retira 20 gajos hexagonales y 12 pentagonales para coser íntegramente a mano la pelota. Una vez realizada esa tarea, en la fábrica se le pone la cámara, que ya tiene la válvula. Se infla el balón con un aparato de presión llamado "pelotómetro", que permite probar su resistencia y otorgarle la esfericidad necesaria. Después, se le da una capa de brillo con poliuretano y luego se la estampa. El fabricante vende el producto a unos 9 pesos más IVA, aunque ya se sabe que en la Argentina actual los precios son más resbaladizos que pelota en cancha húmeda.
Bertero añora las épocas de gloria en que le pagaban 3,5 dólares por pelota y en las que los cosedores salían con sus pinzas a la vereda para modificar el paisaje veraniego del sudeste cordobés. Bell Ville, Morrison, Ballesteros, San Marcos, Leones, Ordóñez daban trabajo a costureros, fábricas y a decenas de proveedores de cueros, cámaras y válvulas. Hoy, son sólo 15 las fábricas que no bajaron las persianas y apenas mil los cosedores que conservan su trabajo. 
En otros términos: la importación salvaje cerró nueve fábricas y dejó sin trabajo a unos 3.000 cosedores. Bertero aún tiene trabajo, y sabe que por eso es un privilegiado, pero nadie le saca de la cabeza que todo tiempo pasado fue mejor. 

No me pidan que cabecee
"La pelota de fútbol tenía tiento, picaba mal y cuando se la cabeceaba, si daba justo en el tiento, hacía doler mucho. Hay que inventar una pelota lisa, que ruede bien y no lastime", escribió Luis Romano Polo, jugador del club Argentino de Bell Ville y encargado de la usina eléctrica de la ciudad. El tiento era ese cordón de cuero que cerraba la pelota por fuera, como si se tratase de un zapato o un botín. No bien se le ocurrió la idea, se la comentó a sus amigos Antonio Olivo Tossolini, carpintero y mecánico, y Juan Valbonesi, empleado de comercio. Con ellos fabricó la Superball -súper por superior-, la primera pelota sin tiento, de boca invisible que, el 11 de marzo de 1931, empezó a rodar, bien y sin lastimar a nadie, desde Bell Ville hacia todo el mundo. 
La inquietud de Polo explica una imagen que suele observarse en las antiguas fotografías futboleras. En los años '20, los jugadores usaban boina, y no se trataba de moda o coquetería, sino una prudente protección. Cada vez que cabeceaban se hacían un tajo en la frente porque, con el sol y la humedad, el tiento de la pelota se afilaba como un cuchillo. 
Bernabé Ferreyra fue una gloria del fútbol argentino y de River Plate. Le decían "el mortero de Rufino" o "pies de dinamita", porque había aprendido a jugar descalzo y hacía goles pateando sandías y zapallos. Le pegaba tan fuerte a la pelota que rompía las redes desde 25 metros. Ni el telebeam habría servido para medir la potencia de su disparo. Menos aún cuando les tocaba jugar con días de lluvia y la pelota de tiento pesaba como un adoquín. 
La aparición del invento bellvillense fue una revolución. Un hallazgo perfectamente redondo, sin el grosero cerramiento, que dividió la historia del fútbol universal en un antes y un después. Entre otras cosas, las boinas ya no serían imprescindibles para conservar la cabeza sana. 
"Primero fue adoptada en España, después en Inglaterra, Francia, Brasil, Colombia y por último en la Argentina. Es insólito, pero así somos", sintetiza Roberto Fuglini, quien hace 37 años está al frente de Dalemas, la fábrica de pelotas más antigua de Bell Ville. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra: aunque la FIFA les solicitó a los inventores de la Superball una docena de pelotas para jugar en el Segundo Campeonato Mundial de Fútbol de Italia, en 1934, la Argentina recién empezó a usarla oficialmente en el campeonato de 1937. 
En las primeras épocas había 170 costureros que llegaban a fabricar más de 1.500 pelotas mensuales. Superball estaba en pleno apogeo. Tanto es así que, en 1942, se realizó una demostración de la técnica de fabricación en las vidrieras de Gath & Chaves, en plena Florida y Corrientes, de Capital Federal. 

Esclavos siglo XXI
A mediados de los '70, la apertura indiscriminada de la importación puso en jaque a los fabricantes argentinos. Llegaban al país pelotas de todos lados: de Paquistán, China, Singapur, India y Brasil. 
Por tratarse de una industria semiartesanal, la mano de obra incide de manera importante en el costo de producción. En los países asiáticos, donde los salarios no superan los 30 dólares mensuales, coser una pelota cuesta 17 centavos contra 1,50 peso en el sudeste cordobés. A la Argentina siempre le resultó muy difícil competir con Paquistán, donde las grandes multinacionales emplean niños y presos para coser pelotas en condiciones infrahumanas. Según un informe de la Organización para la Supresión del Trabajo Infantil en Paquistán, los trabajadores están obligados a permanecer en sus puestos entre 14 y 17 horas diarias. Durante ese tiempo, sólo pueden ir al baño dos veces. A la tercera, tienen que pedir autorización a algún miembro de la seguridad interna, que los acompaña para control. Sólo pueden tomar agua dos veces por día. Los castigos incluyen el encadenamiento a las sillas.
"Con el dólar 1 a 1, cada pelota le costaba 4 dólares a un fabricante paquistaní, pero a la Argentina se la vendía a 2, porque el gobierno le subsidiaba el resto. En cambio, la pelota de la misma calidad, hecha aquí, nunca podía costar menos de 7", reflexiona Fuglini. 
En las ferias de importación, entre las pelotas baratas y las muy buenas había 1 dólar de diferencia. Quiere decir que en un contenedor de 15 mil unidades, la diferencia sumaba 15 mil dólares. "Como compraban contenedores con ruleros, teléfonos, relojes y pelotas, los importadores sabían que la que compraban a 1 dólar podían venderla a 2, pero que por la que pagaban 2 no podían pedir tres veces más. Gracias a Dios estaban muy mal asesorados, porque si no, ninguno de nosotros habría subsistido", recuerda Fuglini. 
Si bien en el '94 Cavallo gravó con un impuesto de 3 dólares más IVA cada pelota que venía de Asia, las que entraron vía Mercosur, por Paraguay y la zona franca de Iquique, en Chile, no pagaron un peso. "Tengo pelotas que entraban por Paraguay que tenían impresa en tinta lavable la leyenda "hecho en Paraguay" sobre el "made in Paquistán" -asegura Fuglini-. Lo denunciamos a las autoridades, pero nunca se hizo nada". Sin regulaciones, la situación era como la de un partido de fútbol sin árbitro, y jugando contra rivales sin interés alguno en respetar reglas de juego equitativas. 
Los números son elocuentes. En 1999, ingresaron al país 3.543.000 pelotas inflables a un costo de 10.262.654 pesos, que le dieron el golpe de gracia a la industria nacional. 
"En 2000 y 2001 hablar de números resulta deprimente", apunta Celso Ribero, titular de la fábrica de pelotas Príncipe y presidente de la Ca.Fa.Ba (Cámara Argentina de Fabricantes de Balones y Afines). 
Sin embargo, y a pesar de la crisis, todos saben que en la Argentina nunca se dejará de jugar al fútbol. Forma parte de nuestra genética, sigue siendo el deporte más barato y resulta también la manera más económica de hacer catarsis sin visitar al psicólogo. 

¿De qué juega el robot?
Hasta el pitazo final, nunca hay que darse por vencido. La reactivación de esta industria le cambiaría la vida a miles de costureros desocupados. "El sur cordobés es una región que podría solucionar el trabajo de muchísima gente, de personas individuales, contadas desde su dimensión real y no desde el abstracto y frío número de la economía de un país", sostiene Silvia Bonnet, titular de la Fundación Sudecor Litoral. Profesora de Literatura Argentina en el Profesorado de Bell Ville y movilizada por ver crecer a su pueblo, Bonnet le escribió a Maradona, interesó a Pekerman y gestionó una entrevista entre Grondona, el intendente de Bell Ville, un fabricante y un proveedor de cueros. 
Como en junio vence el contrato con la brasileña Penalty -que le reporta a la AFA 500 mil dólares y 4 mil pelotas por año sin cargo-, ya son muchos los que en el sudeste cordobés alientan esperanzas de que comiencen a jugarse los partidos oficiales en todas sus categorías profesionales con pelotas "made in Argentina". 
Aunque no prometió nada, Grondona aseguró en declaraciones periodísticas que a Bell Ville no iba a darle una mano "sino las dos". Por lo pronto interesó a la gente de Adidas Internacional para que se conectara con las principales fábricas de la región y pidiera presupuestos con el fin de tercerizar parte de su producción por medio de la Ca.Fa.Ba. Adidas está ahora evaluando la calidad del producto cordobés, y sus posibilidades de acuerdo a las condiciones y exigencias del fútbol actual. 
Por lo que puede saberse, no conviene ilusionarse demasiado: no será nada fácil poner en marcha la alicaída industria local, desmantelada y desprovista de tecnología.
La competencia es dura. Para que se tenga una noción de la desproporción del match tecnológico, hay algunos datos elocuentes sobre cómo se fabrica la nueva reina de las pelotas: 
La Fevernova, la pelota que se usará en el Mundial fabricada por la marca alemana Adidas, está hecha a base de micropartículas orgánicas que tienen aire en medio de cada gajo y se infla con gas. 
Vuela más y será más difícil de atajar porque la FIFA quiere más goles, pero no es más liviana: el peso -de entre 396 y 453 gramos al comenzar el partido- y una circunferencia oficial -de entre 68 y 71 cm- siguen siendo los mismos que permite el reglamento de la FIFA. 
La nueva vedette del mundial Corea-Japón, de color champán, fue lanzada 4.800 veces contra una plancha de acero para confirmar que, sin perder presión, no se deformaba.
Se la tiró otras 3.000 veces al agua para garantizar su impermeabilidad. 
Un robot la pateó mil veces para asegurar la precisión de los disparos a igual distancia y potencia. 
En Bell Ville no hay robots, micropartículas orgánicas ni aparatos de medición sofisticados, pero sí miles de personas dispuestas a volver a coser un millón de pelotas por año, como en las épocas de oro. La modificación de la paridad cambiaria les otorga una posibilidad. La desventaja: jamás han tenido la oportunidad de invertir en ese tipo de tecnología que los haría más competitivos. 
Las cartas están jugadas. 
Teniendo en cuenta a los rivales, más de uno podrá pensar que el partido de los cordobeses está perdido desde el comienzo. Sin embargo en el fútbol, y en la vida, nunca conviene decretar los resultados antes de tiempo. Los partidos hay que jugarlos sin resignarse de antemano, y recordando un lema que en términos deportivos tiene música de esperanza: el fútbol siempre da revancha. 

Esféricos y proyectiles
Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América latina, cuenta que un periodista le preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle cómo le explicaría a un niño qué es la felicidad. "No se lo explicaría. Le tiraría una pelota", respondió. También le rindió homenaje en El fútbol a sol y sombra: "La llaman con muchos nombres: el esférico, la redonda, el útil, la globa, el balón, el proyectil. En Brasil, en cambio, nadie duda de que ella es mujer. Los brasileños le dicen gordita, gorduchinha, la llaman nena, menina, y le dan nombres como Maricota, Leonor o Margarita". Pero más allá de sus connotaciones populares, el vocablo pelota en su origen etimológico deviene del latín pellis, que significa piel y alude a la parte exterior o envoltorio de cuero que recubre la cámara. Con el tiempo la vejiga de carnero mal inflada, que usaban griegos y romanos, fue reemplazada por una cámara de caucho que nació a mediados del siglo pasado, gracias al ingenio de Charles Goodyear, un estadounidense de Connecticut. Pero empezó a rodar por el mundo como una esfera casi perfecta gracias a la inventiva de Polo, Tossolini y Balvonesi. 

Radiografía de un invento
"La antigua pelota con tiento tenía de 12 a 18 gajos largos de cuero; en dos de ellos se formaba la boca, de aproximadamente 8 centímetros de largo, por donde se introducía la cámara, que tenía adosada un pico o tubo por el cual se inflaba. Alrededor de la boca llevaba un refuerzo de cuero y una lengüeta del mismo material, pero más suave y trabajado para aislar y preservar la cámara de roce con el tiento de cuero crudo (5 mm de ancho), que cerraba la boca. El reborde (bubón) que adquiría al ser inflado le restaba esfericidad y ocasionaba lesiones a los jugadores. Había que encontrar una solución que permitiera eliminar el odioso pico que llevaban las cámaras y cuyo repliegue causaba la deformación del balón", explican Juan Evaristo González y José Secundino Lloret en De Bell Ville al mundo, libro editado por el Centro Municipal de Estudios Históricos de la Ciudad. 
La invención de un nuevo sistema de válvula que se introducía dentro del cuero de la pelota y un método de costura invisible, que eliminaba definitivamente el tiento, fueron los revolucionarios aportes de Polo, Tossolini y Balvonesi. El 11 de marzo de 1931, con el N° 35.567 les otorgaron la patente de invención con la denominación "Por mejoras en balones inflables para deportes", y el 20 de abril de ese mismo año, con el N° 35.779, les concedieron el título de invención "Por mejoras en cámaras de aire para balones". Hoy, cada uno de los tres inventores tiene una calle de Bell Ville con su nombre, para que nadie los olvide. 

El  edison que no llegó a 3° grado
"Si hubiera nacido en los Estados Unidos, con la venta de una sola patente tendría garantizado un buen pasar". Alberto Tossolini repite las palabras que tantas veces le oyó decir a su padre. La historia es la siguiente: aunque las patentes pertenecían a los tres bellvillenses más famosos de la ciudad (si no se cuenta al goleador del Mundial '78, Mario Alberto Kempes), Juan Tossolini era el inventor oficial del grupo. Si bien sólo había cursado hasta tercer grado, inventó la primera máquina de escribir de fabricación argentina, una sierra de afilar sinfín, una rejilla sinuosa para baños y los "supercomodines", sillones plegables de madera, reforzados con aluminio, que constituyeron una exitosa adaptación al medio local del modelo original italiano, entre muchas otras patentes. Pero sin duda todo el mundo lo conoce por la Superball y la mayoría de las máquinas para producirla, que también fueron de su autoría. La hija de Tossolini, Hilda, tiene una imagen imborrable: "Papá se despertaba en la madrugada para dibujar en la cocina lo que a la mañana siguiente serían los bocetos de sus nuevos inventos. Su bandera era un mameluco azul".

Texto: Jorge Carlos Fritzsche
Fotos: Bibana Fulchieri


Imprimir | la reproducción de las notas solo se hace a modo ilustrativo. Los derechos de la mismas pertenecen a la revista Nueva | Publicado el domingo 02  - 06 - 2002