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Reportaje

Juan Carr

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Es uno de los cinco fundadores de la Red Solidaria. Cuando era chico creía que se podía cambiar el mundo. A los 40 está totalmente convencido.

—¿Cómo surgió la idea de la Red Solidaria?

—Más que la solidaridad, el disparador fue la angustia de dar respuestas a la realidad y hacer algo por la comunidad. A las cinco personas que formábamos la Red en el ’95, se nos ocurrió inventar un sistema que, con 2 a 4 horas por semana, fuera eficiente para salvar o mejorar la calidad de vida de la gente. Aunque aún no había Internet, imaginamos una computadora en la que entrara y saliera información todo el tiempo. Poco a poco nos dimos cuenta de que los más marginados están lejos de la informática y hasta del teléfono.

—¿Cuáles fueron los principales obstáculos que encontraron?

—El propio egoísmo y la tentación de mirar las cosas desde donde uno vive, desconociendo que el fin de la solidaridad es transformar la realidad. Nadie ve a los 250 mil chicos desnutridos, los 6 mil que esperan un trasplante o los 12 mil sin techo de este país. La comodidad no nos deja descubrirlos. No necesitamos plata, sino compromiso. Es más fácil dar una moneda o firmar un cheque que comprometerse.

—¿Cuánta gente hay comprometida?

—En seis años hemos recibido 180 mil llamados y 20 mil mails en los que nos pedían y ofrecían cosas. Y hay entre 2 y 3 mil personas que cada año desean sumarse. Pero lo fundamental es que crezca la cultura solidaria. Dicen que en la Argentina hay entre 2 y 3 millones de personas que hacen algo por los demás, pero debe de haber muchas más. Hay 14 millones de pobres y necesitamos nuevas generaciones. Apostamos a una red joven en la que estén los futuros transformadores de la realidad. Yo ya quiero pasar al consejo de ancianos.

—¿Qué infraestructura tenía la Red en el ’95 y qué tiene ahora?

—Muy parecida, pero ahora hay 28 personas que atienden el teléfono y empezó a abrirse el juego. Creamos la cátedra de la cultura de la solidaridad y un programa de orientadores comunitarios. Sabemos qué hacer cuando se pierde un chico, cuando falta un trasplante o la prepaga no cubre la medicación. Los 140 comedores comunitarios, con los que tenemos relación, son nuestras sedes circunstanciales. A veces es un móvil de tevé en la puerta de un hospital o los templos religiosos que nos permiten dar conferencias. Si falta un medicamento para el cáncer o el sida, lo conseguimos. La explosión de solidaridad es impresionante. Felipe pudo ser operado en los Estados Unidos antes de nacer gracias a los 100 mil argentinos que pusieron un peso en los bancos. Pero en esta explosión solidaria pueden aparecer algunas dificultades: la politización y la farandulización.

—¿Está de acuerdo con la ONG que hace cenas con famosos para recaudar fondos?

—Si el que nunca pensó en el prójimo, un día se le ocurre hacer una fiesta para recaudar fondos, bien. Si llevó lo recaudado a un comedor, cocinó y comió con la gente, mejor. Más tarde intentará que todos tengan trabajo y no necesiten comedores. Cada uno tiene su tiempo.

—¿Cuáles fueron los primeros casos que tomaron repercusión pública?

—El de Daiana Amorín. Necesitaba un hígado. Hicimos una movida a la que se sumaron los medios. Había 9 móviles de tevé en la puerta del Garrahan. Llamaron 78 argentinos para donar parte de su hígado. Les decíamos que podían morir. “No importa”, respondían. El más chico tenía 18 años y el más grande, 81. Para nosotros fue un símbolo del poder de la comunicación y de la increíble capacidad de dar de la gente. Ahora sabemos que la comunicación es importante, pero no lo es todo. Vemos que nos resulta más fácil emocionar que comprometer.

—La emoción como generadora de acción.

—La emoción dura un rato. Tratamos de que perdure y se convierta en compromiso. Hay que ver cómo se canaliza, pero antes que la indiferencia preferimos la emoción. En la Argentina, si alguien quiere hacer algo por los demás primero debe ser honesto.

—¿Nunca pierde la capacidad de conmoverse?

—Jamás. Tuvimos 530 casos de chicos perdidos: 77 no se resolvieron. Recuerdo que una vez estábamos con los móviles en una villa donde se había perdido una nena de 7 años que apareció muerta. Al día siguiente vi un filme infantil y me la pasé llorando. No perdés la sensibilidad, pero tratás de tomar distancia para protegerte.

—¿Se acuerda de algún caso que lo haya marcado de manera especial?

—Uno de los primeros fue el de una embarazada que quería dar su bebé. La derivamos a un instituto en el que las mujeres se quedan con el bebé hasta 45 días. Después, si quieren, pueden darlo en adopción. Nos habíamos olvidado del caso cuando ella llamó diciendo que había tenido una beba y que iba quedarse con ella. Sentimos que ése era el camino. Se acaba de cumplir un año de la campaña en favor de la donación de órganos que le salvó la vida a Carlos María Tilli. Otro caso que nos marcó.

—¿En qué casos la Red no pudo dar respuestas?

—En vivienda y trabajo. Atendemos a todos y tratamos de orientarlos con limitaciones. Siempre hay alguien que se muere esperando un órgano o por falta de medicación. Es una batalla que venimos perdiendo. Claro que no podemos sentirnos responsables por el fracaso de las políticas sociales. Nuestro papel no es el de suplirlas, sino el de sumar y rejerarquizar a las personas. Luciano, que está esperando un trasplante, no es un número de expediente. Es un ser humano.

—¿Qué quería ser cuando era chico?

—De adolescente sabía que iba a combatir el hambre. Pensé estudiar agronomía o veterinaria, porque medicina te obliga a estar muy cerca del dolor y eso siempre me costó.

—Pero ahora está mucho más cerca del dolor de lo que podría haber estado siendo médico.

—Sí. Pero así como vemos el dolor que nadie ve, tenemos alegrías que nadie tiene. Eso sucede cada vez que, ante una vida que se va a perder, la solidaridad de la gente tuerce el destino y la salva. 

Texto: Jorge Carlos Fritzsche
Foto: Daniel Jurjo


ÜFicha

Altura 1,79 m
Peso 85 kg
Edad 40 años
Lugar y fecha de nacimiento Capital Federal, 28/11/61
Estado Civil Casado con María (35)
Hijos María (12), Francisco (9), Martín (7), Ana (4),
Josefina (2).
Profesión Veterinario y
docente de Biología General en tercer año y de Biología Molecular en quinto. Desde hace tres años trabaja en un programa de lucha contra la desnutrición infantil.
Frases “Cuando era scout creía que se podía cambiar el mundo. A los 40 estoy
totalmente convencido y mucho más loco que antes”. 

Contacto
Redsolidaria@teletel.com.ar

www.redsolidaria.org.ar

Música: Rock 'n' Roll
Una película:
Mientras estés conmigo
Un libro:
El Evangelio

Imprimir | la reproducción de las notas solo se hace a modo ilustrativo. Los derechos de la mismas pertenecen a la revista Nueva | Publicado el domingo 10  - 02 - 2002