Make your own free website on Tripod.com
Sobrepesca

La mar estaba vacía

[ X ]

Extinción de especies, destrucción de hábitat, agotamiento de reservas, alteraciones de la cadena alimentaria son el resultado de la sobreexplotación pesquera en el mundo. La Argentina también presenta un panorama preocupante.

Hace unos años, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) alentaba la expansión de la pesca industrial en gran escala. El mar aparecía como un recurso infinito y pensar en el agotamiento de las reservas era digno de una película de ciencia ficción. Hoy, el organismo internacional reconoce que su iniciativa ha contribuido a dañar seriamente el ambiente marino y muchas de las economías que dependen de la pesca para subsistir. Además, predice que habrá una carencia de suministro de hasta veinticinco millones de toneladas de alimento procedente de la pesca en 2000.

En el último medio siglo las capturas se quintuplicaron. La cifra registrada en 1989 hizo que las entidades ambientalistas dejaran oír voces de alarma: se habían sobrepasado los cien millones de toneladas (ochenta y seis en aguas marinas y veinte más en ríos y lagos).
A ese total hay que agregar treinta millones de descarte, producto de la pesca calificada como involuntaria o accidental de variedades que no se aprovechan. Las pesquerías comerciales desechan uno de cada cuatro animales que extraen.
El ritmo de pesca es mayor que el de reproducción; por eso más de la mitad de los caladeros (zonas abundantes en peces) está muy esquilmada y seis por ciento ya está agotado. En el Atlántico Norte, el Mediterráneo y el Pacífico, redes y anzuelos se llevan nueve de cada diez peces.
Japón, los Estados Unidos, China y algunas ex repúblicas soviéticas compiten por las doscientas ochenta especies que revisten mayor interés comercial, aunque bastan sólo seis (arenque, bacalao, atún, caballa, anchoa y sardina) para sumar la mitad del volumen total. Las flotas de esos países, con un millón de grandes barcos y otros dos millones que operan en pequeña escala, consiguen ochenta por ciento de las capturas en alta mar.

Setenta por ciento de los peces, crustáceos y moluscos comestibles necesitan que se tomen medidas para su conservación. Especies como el arenque del Atlántico, el atún de aleta azul y el camarón del Índico están prácticamente extinguidas. El aumento de las capturas en un tercio entre 1980 y 1989 se produjo a expensas de sólo cinco variedades: el abadejo de Alaska, el jurel chileno, la anchoveta peruana, la sardina japonesa y la sardina sudamericana.

La agonía de la merluza

A la merluza (el pescado que más se come en la Argentina y el principal recurso pesquero del país) no le va mejor. En un intento de impulsar su recuperación en aguas nacionales, el gobierno estableció en julio una veda que regirá hasta el 15 de septiembre.

También se fijó un cupo que no llega a doscientas noventa mil toneladas para todo el año. A título comparativo puede mencionarse que en 1996 se pescaron seiscientas mil toneladas, cuando el máximo recomendado era trescientas sesenta mil.

"El Atlántico nos deja más dinero que la carne en concepto de exportaciones", explica Emiliano Ezcurra, coordinador de la campaña de biodiversidad de Greenpeace. En efecto, las doscientas treinta mil toneladas que se exportan representan trescientos millones de dólares. Las setenta mil que quedan en el mercado interno dan un consumo de seis kilos anuales por habitante.

Nuestra industria pesquera se desarrolló sobre la base de la abundancia de esta especie. Pero entre 1986 y 1995 la población de merluza en aguas argentinas se redujo veinticinco por ciento. Si hace cinco años el peso promedio de los ejemplares capturados estaba entre dos y tres kilos, hoy es difícil que pase de uno. Antes, para completar un barco de seiscientas toneladas, alcanzaba con treinta y cinco jornadas en alta mar; ahora se necesitan dos meses con sus días y sus noches.

El descarte de la merluza en la pesca del langostino merece un párrafo aparte. Para contrarrestarlo, el INIDEP (Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesqueros) inventó una red especial que retiene los langostinos y deja escapar las merluzas, pero son pocos los barcos que la emplean. Si se considera que por cada langostino se devuelven al agua veinte merluzas muertas, se estima que en 1996 se tiraron ciento ochenta mil toneladas que no figuran en registro alguno.

Algo similar sucede en la pesquería de arrastre del camarón en el golfo de México, donde se descartan anualmente doce millones de pargos juveniles y dos mil ochocientas toneladas de tiburones, mientras que en las costas de Noruega se desecharon, entre 1986 y 1987, ochenta millones de ejemplares de bacalao que no alcanzaban la talla comercial. (En algunas pesquerías los descartes superan las capturas de especies buscadas.)

Mundo cruel

A la mayoría de las capturas accidentales no les falta una fuerte dosis de crueldad. Las especies no deseadas vuelven al mar, sí, pero ya muertas... o agonizando, lo que facilita el ataque de los depredadores.

Los exportadores de aletas de tiburón cazan el animal vivo, le cortan las aletas a machetazos y lo arrojan al agua, donde muere desangrado. Esta práctica no es casual: el precio del tiburón alcanza cincuenta dólares por kilo de aleta y apenas un dólar por kilo de carne; un plato de sopa de aleta cuesta ciento cincuenta dólares en los restaurantes más exclusivos de Beijing y Shangai. Los pescadores que lo aprovechan íntegramente dicen que su carne sin espinas y de sabor suave es muy parecida a la del lomito de atún, que el aceite de su hígado es una fuente inestimable de vitamina A y que sus mandíbulas representan un verdadero tesoro para los coleccionistas. Como entre unos y otros matan alrededor de seiscientos millones de tiburones por año, las poblaciones del blanco, el mako, el tigre y el azul decrecieron ochenta por ciento en la última década.

Por otra parte, la sobrepesca del mayor superpredador del ecosistema marino multiplica la existencia de pulpos y contribuye a que las langostas desaparezcan progresivamente de los mares costeros de Australia y Tasmania.

Hasta la fecha sólo cuatro países han instrumentado algún tipo de control para evitar la desaparición del tiburón: los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Canadá.

Las ballenas no escapan a este sino trágico. Un kilo se cotiza a cien dólares en las pescaderías de Osaka, y en los mejores restaurantes de Tokio se pagan cuarenta dólares por un bife de este cetáceo. Japón es el principal consumidor mundial de su carne y, además, a la hora del faenado aprovecha todo: las barbas para cepillos y brochas, el aceite para industrias de precisión y tintas de imprenta y la grasa para cosméticos y productos de farmacia.

Aunque en 1986 la CBI (Comisión Ballenera Internacional) formuló la primera moratoria para la caza de ballenas, limitándola a fines científicos y de subsistencia, los arponeros mataron desde entonces catorce mil ejemplares. Para poder justificar el interés científico de la caza, les disparan al cuerpo y no a la cabeza; de este modo la ballena sufre una agonía muy lenta antes de ser rematada con una fuerte descarga eléctrica.

En 1996 se ratificó la moratoria internacional indefinida para la caza de ballenas y el mantenimiento de un santuario, al sur del paralelo cuarenta, para su cría y reproducción. Pero va a pasar mucho tiempo antes de que la situación empiece a revertirse. En los últimos cien años la población de ballenas se redujo noventa por ciento -bajó a un millón de ejemplares- en términos globales, pero en el océano Antártico la merma fue más notoria y hoy queda sólo la centésima parte. Ése fue el mayor territorio ballenero del mundo y el hábitat de siete especies, entre ellas la franca, declarada monumento nacional en la Argentina en 1984.

Por su parte la CITES (Convención Internacional sobre el Tráfico Internacional de Especies en Peligro) la emprendió contra los atuneros del Pacífico Oriental, que atrapaban casi medio millón de delfines por año (Nueva 200). Los parientes de Flipper siempre acompañan a los atunes, y muchas veces caen con ellos. La falta de control sobre las flotas pesqueras hizo que la población del delfín volteador oriental disminuyera ochenta por ciento y la del delfín moteado de alta mar cincuenta por ciento en lo que va de esta década. Las campañas de las organizaciones ambientalistas lograron que, para la captura de los atunes, se establecieran métodos que garantizan la protección de los delfines; así, en 1993 se reportaron sólo tres mil muertes. Pero no todos siguen las reglas y en la carrera por el atún utilizan desde barcos radarizados hasta aviones rastreadores. La razón es una sola: un ejemplar de cuatrocientos kilos de atún azul del Pacífico puede costar ochenta mil dólares.

El fletán negro -conocido como merluza negra y muy buscado por los chefs- es un recurso tan escaso en aguas canadienses que la Armada local y la española estuvieron a punto de llegar a la guerra por el derecho a su pesca en el límite de las aguas territoriales.

Este pez puede vivir hasta cincuenta años y crecer hasta dos metros, pero buques de España, Chile, Noruega, Argentina y Portugal están pescando ejemplares de medio metro en los océanos Atlántico e Índico. En algunas zonas la pesca es ilegal y un buque argentino (el Kinsho Marú) fue apresado por la Armada francesa.

Greenpeace denunció que la captura ha superado las cuarenta mil toneladas, y el Foro Mundial para la Naturaleza acusó a China de pretender construir más de doscientos buques, cuya actividad marcaría el comienzo del fin de la especie.

Desde 1986, en las aguas cercanas a las Malvinas y las Georgias, los kelpers comenzaron a cobrar licencias de pesca -multaron al pesquero argentino Antartic III- y Gran Bretaña exige un pago de ciento diez mil dólares a cambio del permiso de pesca de la merluza negra.

El pez por la red muere

A la hora de hacer su trabajo, los pescadores artesanales cuentan con la ayuda de sus humildes redes y las flotas pesqueras con la de sonares que detectan los cardúmenes a gran profundidad, radares para orientarse en medio de niebla densa y satélites que les permiten maniobrar con precisión en los lugares donde los peces se congregan y se reproducen.

A pesar de la desigualdad tecnológica, ambos bandos emplean métodos ilegales. Aunque existe una prohibición de las Naciones Unidas para las redes de deriva de más de dos kilómetros y medio de longitud, Italia, Francia e Irlanda tienden mallas de casi cien kilómetros. En 1990 atraparon cuarenta y dos millones de animales cuya captura no era deseada, incluyendo aves buceadoras y mamíferos marinos en peligro de extinción, como el baiji de Asia Oriental, la vaquita mexicana (la especie más pequeña de delfín), los delfines de Héctor en la región de Nueva Zelanda y la foca fraile del Mediterráneo.

Si se toma en cuenta que durante la década de 1980 se tendieron cincuenta mil kilómetros de redes de deriva en el Pacífico Norte, se puede calcular una tasa anual de mortalidad de decenas de miles de mamíferos marinos, tres cuartos de millón de aves y varios millones de peces que no eran el objetivo de la pesca.

Los palangres atuneros (sogas que se extienden hasta ciento treinta kilómetros y contienen miles de anzuelos con cebo) suelen ser una trampa mortal para los albatros. Se estima que en el hemisferio austral se ahogan más de cuarenta mil por año al morder los anzuelos.

Las redes de arrastre, en forma de saco, constituyen un sistema drástico que causa serios problemas en las plataformas continentales.

En el invierno de 1988 casi sesenta mil focas murieron en artes de pesca costera en el mar de Barents, en Noruega; hambrientas por la escasez de peces, se acercaban a las redes en busca del alimento que el hombre les arrebataba.

En el Indopacífico tropical muchos pescadores usan cianuro para aturdir a los peces, y el veneno mata los corales que comparten su hábitat. Otros conducen las presas hasta las redes golpeando los corales con piedras; las embarcaciones que aplican este método pueden destruir diariamente hasta un kilómetro cuadrado de arrecife vivo.

Pescadores de ilusiones

Aunque la pesca representa sólo uno por ciento de la economía mundial, la FAO calcula que doscientos millones de personas dependen de esta actividad para subsistir.

Pero si las cosas siguen así no todos podrán seguir viviendo de la pesca. En 1992 las comunidades de la costa de Terranova se quedaron sin trabajo cuando la sobrepesca obligó a cerrar la pesquería del bacalao tradicional, que durante generaciones fue su único medio de vida.

La cadena alimentaria pierde eslabones. Ballenas, focas y aves marinas de la costa este del Canadá mueren de hambre debido a grandes reducciones de las reservas de peces. Lo mismo sucede con los leones marinos Steller, las focas de puerto, las de piel y varias especies de aves marinas que se nutren del abadejo, raleado por la pesca intensiva.

La actual flota pesquera del mundo excede la capacidad de supervivencia biológica asignada a la mayoría de las especies marinas comerciales y pone en peligro la diversidad biológica de los océanos. ¿Qué hacen las naciones pesqueras para resolver el problema? Subvencionan sus flotas para enviarlas a otras partes del mundo. "El acuerdo entre la Argentina y la Unión Europea ha provocado que España exporte desocupación y sobrecapacidad pesquera al Atlántico Sur, con el consecuente daño ambiental y laboral", denunció Greenpeace.

"Nos dirigimos hacia otro desastre de recursos; tenemos demasiados barcos persiguiendo muy pocos peces, en todo el mundo", expresó Edward Loayza, consultor de pesca para el Banco Mundial.

"Hasta el más necio sabe que no quedan peces", afirmó Vaughn C. Anthony, del Servicio Nacional de Pesquerías Marinas de los Estados Unidos.

Como se ve, muchas voces coinciden en la gravedad de la situación, pero eso no basta. Hay que hacer respetar los tratados internacionales de pesca y buscar nuevas alternativas que permitan la recuperación de las especies amenazadas. Si no, la mar va a estar serena... y cada vez más vacía •

La multiplicación de los peces

Sólo dos tercios de lo que se pesca es consumido directamente por los humanos; el tercio restante se convierte en harina de pescado para alimentar ganado vacuno, pollos e, irónicamente, peces (criados en piscifactorías, como el salmón), o se usa como materia prima para la obtención de fertilizantes y aceites. La cría artificial ha duplicado su producción en los últimos años, y aumentó unos diez millones de toneladas desde 1985. En su conjunto, la acuicultura cubre la quinta parte del mercado de consumo. Las granjas de camarones han creado una demanda de capturas con el único propósito de alimentarlos.

Texto: Jorge Carlos Fritzsche


Imprimir | la reproducción de las notas solo se hace a modo ilustrativo. Los derechos de la mismas pertenecen a la revista Nueva | Publicado el domingo 30  - 08  - 1998